¡ Escuchad, deteneos y oíd !
vuelven con sus cascos retumbantes
escondidos en una osea polvareda,
a coces y mordiscos se abre paso la manada.
Retorna su estampida delirante,
decenas de ollares dilatados,
sus ojos midriáticos y estrábicos
empañados por tufos sulfurosos.
Con relinchos y rebuznos de hocicos espumantes
celebran en su establo,
la casa de las leyes,
se aclaman a si mismos estercolando sus paredes.


























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