Un medicamento de marca es aquel que es trabajado bajo un nombre comercial especifico, pues ha sido  registrado por un laboratorio que ha invertido recursos en la fase de investigación y desarrollo de la molécula, dinero que luego buscará recuperar (con creces) durante su fase de comercialización, para lo cual habrá patentado el fármaco, lo que le permite tener la exclusividad sobre el comercio de este, al menos hasta que se cumpla el tiempo de caducidad de la patente.  Para que un nuevo medicamento sea sacado al mercado debe pasar por una serie de etapas de desarrollo donde se determinan además de su eficacia, eficiencia y seguridad como molécula;  la dosificación,  la mejor forma de fabricación,  el vehículo ideal (otras sustancias con las que se mezcla el fármaco para ayudar de diversas formas con su administración, absorción, etc...), las condiciones de conservación y transporte, su empaque, etc.

Un medicamento Genérico debería (al menos en teoría) contener los mismos componentes activos en la misma dosificación que un medicamento de marca y me atrevería a decir que también debería poseer con iguales características las sustancias no activas, que aunque no le confieren al fármaco un efecto clínico determinado (farmacodinamia), si pueden interferir en otros procesos en el paso de la sustancia a través del organismo (farmacocinética). La pureza de los medicamentos genéricos por lo tanto, debe ser estrictamente regulada (al menos de igual forma que los de marca), demostrando que tendrán el mismo efecto (en todo sentido), con un mismo perfil farmacocinético y farmacodinámico que su equivalente de Marca. Los medicamentos genéricos deben tratar la enfermedad con la misma eficacia y seguridad que sus equivalentes de marca. Los fármacos genéricos deberían tener las mismas exigencias rigurosas que los de marca, para su elaboración, distribución y venta.

Ya que las empresas que producen medicamentos genéricos no han necesitado invertir en la investigación y desarrollo de la molécula, tienen la posibilidad de abordar el mercado ofreciendo su producto con precios  inferiores a los del medicamento original.

Hasta este punto todo me parece lógico, Sin embargo si vamos a la práctica encuentro situaciones francamente absurdas:

Porque la diferencia de precio en algunos medicamentos (teóricamente la misma molécula) llega hasta más del 1000%?  Es posible que  el desarrollo del medicamento haya sido muy costoso y no lo sea tanto su fabricación (pero hay diferencias ridículas). Al verse enfrentados a esto, porqué los laboratorios que ofrecen el producto original no disminuyen los precios de venta hasta niveles competitivos? Estarán abusando de su posición dominante? Será posible que no nos estén vendiendo la misma molécula?. Desafortunadamente pienso que no es una sola la explicación.

En Colombia no hay una política clara de control de precios al comercio de medicamentos, pero tampoco hay una regulación adecuada y eficiente frente al control de calidad de estos.  Estos dos hechos se conjugan para crear unas condiciones que pueden originar serios problemas, que incluyen la concepción casi universal que tenemos los médicos y en general la población (en ocasiones real y en otras no), de que muchos fármacos genéricos no cumplen con la misión para la que los formulamos, lo que puede llevar a confusiones diagnósticas (si el paciente no se mejora con lo que formulé, tal vez mi diagnóstico está errado), complicaciones del paciente, empeoramiento de su enfermedad, aumento de los tiempos de hospitalización o incapacidad,  etc, lo que termina redundando en mayores costos sociales y económicos (dos condiciones que pienso nunca deben estar separadas).

Al no existir unas practicas adecuadas de control de calidad (a pesar de que está establecido que los medicamentos deben tener registro del INVIMA), ya que a pesar de que se exige que las practicas de manufactura sean adecuadas (ya sea de fármacos producidos en el país o importados) muchos laboratorios pueden producir sus productos sin la rigurosidad necesaria para alcanzar los estándares de biodisponibilidad (la cantidad del fármaco que llega al plasma y la velocidad con que lo hace) y bioequivalencia (igual efecto clínico que la molécula fabricada por el laboratorio original). Esto les permite abaratar más los costos de producción y vender a empresas distribuidoras (que me atrevo a decir, no sería nada raro encontrar que muchas son propiedad de la EPS o sus socios), que a precios inflados les suministran los medicamentos a las EPS (a quienes poco les importa la calidad) y  a las IPS.  Esta situación puede ser aprovechada por las grandes empresas farmaceúticas creando un ambiente de mala propaganda en cuanto a la calidad de los genéricos, para lo cual, me avergüenza decirlo, hay médicos que se prestan a cambio de prevendas.

Por otro lado al no existir una política adecuada de control de precios a los medicamentos (hay muy pocos regulados), las grandes productoras de fármacos de marca, pueden vender sus productos a precios en ocasiones absurdos (comparados con sus pares genéricos), apoyados en su estrategia publicitaria (real o ficticia) de calidad.

 Este es sólo uno de los aspectos que han causado la mal llamada "emergencia social", ya que una situación que lleva más de 8 años no es ninguna emergencia y su denominación de social sólo es el producto de una debacle económica, que no ha sido una sorpresa para nadie, excepto para el gobierno (o así lo quieren hacer creer), y prueba de esto es que las medidas adoptadas para solucionar el problema han buscado eminentemente solucionar la parte financiera y se han olvidado de lo social.

Es imperativo intervenir en este aspecto del problema, pero atacándolo desde los dos frentes: Aplicar una política clara de regulación de precios a los medicamentos, al mismo tiempo que se desarrollan practicas adecuadas que controlen no sólo la calidad de la fabricación si no del medicamento en si. Deberían expedirse documentos reglamentarios en forma inmediata, recurriendo a lo jurídico, ya que desafortunadamente no podemos apelar a la ética o la moral que nos lleve a producir fármacos de calidad y a precios justos (sin importar si son genéricos o de marca), ya que la ley 100 ha abocado a todos los actores del sistema de salud a una carrera mercantilista que en la mayoría de los casos terminan perdiendo los pacientes y el personal de la salud. La ley 100 permitió el ingreso al sistema de individuos y empresas que reemplazaron la sinuosa serpiente abrazada al báculo de esculapio, símbolo de lo sagrado de nuestra práctica, por una víbora insaciable reptando sobre una barra fría, símbolo del dinero; para quienes los pacientes y el personal de salud sólo somos parte de una maquinaria productora de dividendos.