Columnas de humo que giran con el viento,
se observan sin encontrarse o se funden para hacer otra,
volutas que se reflejan, se entrelazan, se retuercen;
se estiran y recogen en mis células;
tejen vidas, bordan sueños;
se retuercen una y otra vez sobre si mismas,
se repiten, se hacen eco;
caracolas que albergan mares interiores,
petroglifos que son cruces en mapas estelares,
músculos que reptan y forman corazones,
pieles cítricas y caprichosas,
sinuosas galaxias,
cánones melódicos infinitos,
tornados de sentimientos; arrasadores, renovadores;
resortes juguetones,
Nautilus milenarios,
niños temerosos del destete, girando raudos amarrados al manantial de leche,
moscas que viajan en círculos continuos para caer en telarañas,
piñas de pino, botones de girasoles;
hombres de Vitrubio y hélices, rotando diabólicos en la mente de Leonardo,
número aúreo, Fibonacci al infinito;
magia inconsciente y colectiva, cocinada en el caldo primordial.