A pesar de que la navidad ya no es lo que era (una fiesta al sol), ni lo que se supone debe ser (una época de regocijo espiritual), y más bien es un usufructo de los sentimientos religiosos y familiares de la gente con fines comerciales; en esta época hay algo que siempre me ha gustado porque se presta para que niños y adultos se unan en sueños surrealistas o de realismo mágigo y es el armar los pesebres.
Transcribo un artículo que se ha publicado varias veces en el periódico de mi ciudad (La Patria) y que me llena de nostalgia.

Diciembre 6 de 1974

COMO HACER UN PESEBRE

Por: Alberto Londoño Álvarez

A mis nietos Carlos Felipe y Juan Gabriel

Se desmenuza un trozo de ilusión hasta convertirlo en aserrín verde, amarillo rojo… y así nacen caminos que se cruzan, que se pierden y borran, que se ensanchan y se juntan, piedrecillas blancas y menudas y hasta trozos de vidrios y cuentas coloreados sirven para iluminar esos secos riachuelos de los caminos.

“Hágase un lago donde naden patos y peces”, dijo el niño. Y del fondo del viejo armario sale un pedazo de espejo roto que, mágicamente, se torna en agua fresca para que el patito despachurrado goce nadando sin moverse.

El enserado continúa arrugándose y arrugándose como debió empezar a corcovear la tierra en el principio. Aparecen colinas, surgen valles, nacen mesetas, se levantan montañas y nevados de algodón. Y el paisaje ya se columbra en la más sorprendente creación después de la Gran Creación.

“Háganse toda clase de animales que habiten el valle, la meseta, la montaña, la colina”, dijo el niño.

Y desde los días del arca, nunca se había visto tal profusión y promiscuidad de animales. Lindos rebaños blancos de ovejas pastan en valles y mesetas; cabras ariscas se trepan a los montes; elefantes sin equilibrio se recuestan a las faldas enseradas de las rocas; cebras y camellos se escampan en oasis simulados; tigres y leones son prudentemente alejados de los rebaños, para luego convivir con ellos pacíficamente para obedecer al profeta: “el lobo habitará con el cordero; el cervatillo y la pantera tendrán una misma morada”. Pajaritos de cartón y celuloide hacen piruetas en los árboles diminutos y aquí el “niño-creador” tiene facultad para todo lo inverosímil y fantasioso: un león nada en el espejo, un elefante se sube a una palmera, el tigre huye del patito y los peces pastan en la pradera!

“Hágase el hombre” dijo el niño. Y los rebaños tuvieron zagales con báculos, los camellos sus camelleros, los leones sus domadores, hasta en los caseríos de cartón que formaban las aldeas y villorrios aparecieron el alcalde y el policía: la ley es el niño!

“Hágase la luz”. Y de una sonrisa, un suspiro y una esperanza, nació una estrella plateada sobre una chocita encaramada en lo más alto del paisaje enserado; y ahí mismo, los más respetables de todos los animales; un buey desorejado que acepta sin chistar ser cambiado por una mansa vaca y una mula terca cuya cojera se remedia con musgo y aserrín que decoran la casita.

La Virgen mira una cuna vacía y San José – así siempre es San José – se recuesta en el buey. A lo lejos, por los caminitos se ven Melchor, Gaspar y Baltasar. Al negro siempre se le coloca atrás. Que no llegue a saberlo San Pedro Claver!.

“Hágase el descanso”. Y el niño bosteza y entorna los ojos. Pero no quiere abandonar su creación. Y ve que todo lo que ha hecho es bueno. Hace algunas rectificaciones, baja al elefante de la palmera y coloca allí el carrito de lata que le regalaron en su cumpleaños.

Y ahora sí está hecho el Pesebre! !