El cazador de mariposas

Su interés por las mariposas nació acompañado de notas musicales. Estaba estudiando medicina, como sus padres habían querido, y para no culparlos de esos 5 días sin sueño memorizando los ya no sabía cuantos ni cuales agujeros de un cráneo con olor a viejo, decidió ir a dormir al único sitio donde pensó que podría estar tranquilo: La sala de música de la universidad.
Pero al llegar allí, entre retratos de Bach y de Beethoven, acompañadas de los bronces, los timbales y las cuerdas de la octava sinfonía de Bruckner, alumbradas por una tenue luz y dentro de cajas de madera con tapas de cristal; pudo ver las alas de cientos de mariposas, de tamaños, formas, colores y diseños con los que la naturaleza parecía haber querido pavonearse de su imaginación.

No durmió y ese sitio se convirtió en escondite habitual, regresó una y otra vez para mirarlas; con Stravinsky aprendió de huevos, de orugas, de crisálidas; acompañado por Dvorak reconoció ojos, antenas, palpos, proboscis; hipnotizado por Brahms admiró sus alas escamosas; los compases de Debussy lo llevaron por clases, órdenes, familias, generos y especies; Sibelius fue su compañero al entender su hábitat, su comportamiento, sus ciclos y Wagner su cómplice para instruirse en las técnicas para atraparlas. Cuando tenía planeado que Musorgsky estuviera a su lado para penetrar los misterios de la taxidermia, encontró la puerta de la sala de música cerrada y con un letrero que decía: "Aquí funcionará la subdirección de asuntos burocráticos".

Decidió entonces aprender a dibujarlas. Y lo hizo en las pocas tardes que tenía libres de profesores, enfermedades y libros. Se colaba en los talleres de pintura de los estudiantes de pintura y entre reproducciones de Van Gogh, Gauguin, Dalí y Matisse, descubrió el arte de afilar lápices, de esparcir grafito sobre un papel, mezcló colores, mojó pinceles, hasta que sin pensarlo dibujaba mariposas que casi parecían vivas.

Entonces empezó a atraparlas, fabricó redes delgadas, casi imvisibles; descubrió que el mango fermentado les agradaba a todas y lo usaba cono cebo; empezó a capturarlas alrededor de su casa, luego alrededor de la ciudad y cuando al fin se graduó de la escuela de medicina buscó trabajar en los sitios mas alejados de su país, donde aún la selva y el hombre vivían en paz. Cuando no estaba curando personas enfermas o asistiendo a la muerte de otras, metía su delgado cuerpo en un ridículo traje de safari, tomaba sus redes, lapices de colores, su cuaderno de dibujo y bolsas con mango fermentado para atraer a su presa. Pasaba horas enteras observando sus detalles antes de liberarlas, su cuaderno estaba lleno colores, comparaba sus trazos con los que encontraba en libros de entomología; cuando no podía salir en el día lo hacía en horas de oscuridad, atraía con luz fría a sus modelos y entonces las hojas de su cuaderno se llenaban de tonos grises y marrones.

Pasaron los años y el poco cabello que le quedaba se hizo blanco, su piel lucía arrugada y curtida por el sol, los cuadernos se apilaban sobre un viejo escritorio y se convirtieron en su pequeño tesoro, vivía para pintar mariposas, el tiempo en el que habría podido ser un buen padre había quedado atrás y aunque ocasionalmente visitaba burdeles, lo hacía sin gastar más tiempo del necesario para deshacerse de los pensamientos que le nublaban la claridad para percibir los colores, esos tonos exactos que debía plasmar en las hojas. Nunca atisbó la posibilidad de compartir más tiempo con una mujer. Hablaba con sus pacientes y si lo hacía con otra persona era porque algo tenía que ver con su afición.

Su sueño se hizo uno: Encontrar una mariposa que no estuviera en ninguno de los libros, de los catálogos, de las colecciones conocidas; perfilar sus formas, componer sus colores; que sus lápices fueran los únicos en narrar su belleza. Los años pasaban y su afugia se hacía mayor; pues cuando sus ojos no tuvieran la agudeza usual, cuando sus manos empezaran a temblar; ya no habría oportunidad de nada. Viajaba buscándola, hacía caso a todo el que le contaba de algún insecto extraordinario en un remoto paraje, encontrando siempre farsas y embustes, hasta que su esperanza casi se agotó.

Una tarde, a la orilla de un gran rio que atravezaba un pueblo en medio de la selva, se le acercó un indígena que había escuchado de su obsesión y le habló de como cuando llegaron los primeros hombres de afuera oyeron a sus ancestros hablar de un animal extraordinario, fuerte, veloz, orgulloso, al que según los traductores llamaban Tigre Mariposa. Los foráneos ya habían visto jaguares y asumieron que a el se referían por lo que no le dieron importancia, pero se equivocaron. No había nada de especial en un jaguar poderoso, feroz, rápido; esa es la naturaleza de los tigres; sus antepasados en realidad hablaban de otro animal en el cual esas propiedades si eran asombrosas, la traducción real de las palabras que representaban el nombre de la fiera era: Mariposa Tigre. Un insecto de gran tamaño, de colores vivos, y con una fortaleza y rapidez mayor que cualquier otro de su clase, aislado del mundo en un pequeño paraje. El lo llevaría hasta ese sitio, pues su abuelo le había revelado el camino, a cambio de algo de dinero. Que gran historia, una fantasía más, otra mentira de un oportunista que buscaba un poco de dinero de un médico viejo y loco.

Al día siguiente se encontraba adentrándose en la selva, maldiciendo su ingenuidad, sentado en una pequeña canoa en la que apenas cabían su guía, su equipo y él, remando por un pequeño caño que se perdía entre la manigua. Fueron días de mosquitos, de dormir bajo la lluvia, de temer en la noche por serpientes, de hormigas en la ropa, vigilando a cada golpe de remo la presencia de anacondas; el tiempo se hacía interminable, hasta que de pronto divisó una conjunto de chozas escondidas entre la jungla.

Al bajar de la diminuta embarcación vio sólo niños que salían a recibirlos, preguntó a su acompañante por los adultos y este le contó com aquellos salían a cazar, a pescar y a cultivar sus chagras, podían demorar semanas en regresar. Según su guía, esa tribu conocía todos los secretos de la selva y era la encargada de protegerla, de conservar su equilibrio; su gente se confundía con los árboles, veían a travez de los ojos de los animales, hacían llover a voluntad y una niebla espesa los cubría cuando estaban en peligro; pocos habían llegado hasta allí y rara vez alguien podía verlos. Ese era el hogar de las mariposas.

Pasaron varios días mientras se fermentaban algunas frutas silvestres para la captura, durante los cuales ni los adultos ni los insectos se dejaron ver. Cuando tuvo todo preparado, tomó las frutas, cargó sus redes y salió de la aldéa entre las risas de los pequeños que murmuraban y le gritaban en su lengua cosas incomprensibles. Una semana después, repitiendo el mismo episodio mañana tras mañana, se habían agotado sus redes. Cada vez que las revisaba las encontraba destrozadas, como si una fiera se hubiera ensañado contra ellas y sin rastro de lo que había venido a buscar. Sospechaba de los niños, sus burlas no podían significar otra cosa, quizás estaban protegiendo a las mariposas pensando en que iba a hacerles daño. Fue a hablar con su guía, el podría ayudarle a fabricar nuevas redes con los mosquiteros de sus hamacas y podría decirle si lo que pensaba de los niños era cierto. Lo único que obtuvo de el fueron risas al contarle como los niños se burlaban porque sabían que nunca atraparía a las tigre, nadie podía hacerlo; quienes destrozaban las mallas eran las mariposas y ellas elegían el momento para mostrarse, no iba a desperdiciar su toldillo haciendo redes que sabía no iban a servir de nada.

Otro engaño, otra nueva decepción; pensaba mientras se dirigía hacia la pequeña maloca donde dormía y por un segundo creyó ver como en la copa de un árbol cercano un gran insecto, agitaba sus grandes alas, haciendo un ruido intenso con ellas, para golpear a una inmensa ave de rapiña que salió volando de entre las hojas como asustada por el diablo. La rabia y la frustración hacen ver cosas extrañas, fue lo último que pensó mientras se dormía luego de preparar todo para iniciar su viaje de regreso.
Los gritos de los niños lo despertaron, se levantó lentamente y al frente de sus ojos entredormidos los vio pasar saltando tras cientos de lo que parecían espectros vestidos con túnicas sucias y raidas. Su guía lo tomó del brazo y le dijo: "ahora verás las mariposas". Lo llevó a la orilla del río, donde había una gran laja y empezó a ver como los supuestos fantasmas se desprendían de sus ropas tejidas con fibras vegetales, dejando al descubierto los cuerpos de los hombres y mujeres de la tribu, y después de apilarlas en un montón retrocedieron cantando y mirando al cielo. Poco más de un minuto después, un ruido ensordecedor y un torbellino llegaron envolvieron cientos de alas doradas, negras y azules que bajaron reflejando el sol de la madrugada, para posarse sobre las túnicas. Allí estaban, moviéndose lentamente, arrulladas por el sonido del agua, desenrrollando sus lenguas para libar la sal del sudor de esos seres encargados de cuidar su selva. "De allí obtienen su fuerza, y con ella cuidan a los niños mientras se encuentran solos", le dijo el hombre que lo había llevado hasta allí. Se quedó observándolas, sin parpadear, por horas, grabando en su memoria hasta el más mínimo detalle, hasta que la última de ellas levantó el vuelo. Los días que tomó el viaje de regreso fueron como el lento despertar de un sueño, el indígena despareció sin cobrar su paga, sin pronunciar palabra y nunca supo porqué lo había llevado hasta el misterioso poblado.

Mientras moría, a los pocos meses de regresar, sonreía al mirar la foto de un jaguar en un libro que decía: "Panthera Onca, el animal mas poderoso de la selva latinoamericana".
Quienes por casualidad encontraron sus cuadernos, olvidados en una repisa de una vieja casa de un pueblo en medio de la jungla, y vieron uno a uno los dibujos de miles de mariposas con sus nombres en la parte inferior, nunca supieron porque en el último sólo quedaba una hoja casi en blanco, sin siquiera un boceto, donde al final se leiá en letras doradas, negras y azules: "Tigre Mariposa".

BORBORISMO CEREBRAL
Colombiano de pura cepa, soñador y un poco loco; amante de las mujeres, del campo, del arte. Con sueños de sanador, llorón en soledad.

























guardafaro dijo
Buena narrativa, e interesante en verdad, por su significado. Hermosas mariposas. En mi niñez tuve una época en que las cacé para coleccionarlas. Tenía la intención de colocarlas en un gran cuadro cubierto con un vidrio para poder disfrutar de sus figuras y colores. Afortunadamente, un día me di cuenta de la crueldad que hacía al llevarlas a la muerte para satisfacer mi vanidad. También comprendí que aquellos cadáveres inmóviles no me producían sino tristeza. ¡La belleza de sus vuelos había desaparecido! Ahora disfruto plenamente cuando observo una posada libando en una flor, o revoloteando de un lado a otro.
18 Diciembre 2005 | 12:26 PM