Buscaron al viejo por todo el pueblo. Era famoso, lo conocían como el fantasma. Tenía amigos, pero casi nunca hablaba con ellos. Tenía familia, pero pocas veces se les veía juntos. Su gusto por los atardeceres era reconocido, pero por lo regular se refugiaba en su casa antes del ocaso. Su optimismo era legendario, su frase de batalla era: "Mañana las cosas estarán igual o mejor". Lo encontraron en uno de los salones de la escuela, sus dedos rígidos (como su corazón) aferrados a una tiza y el pizarrón repleto con una frase que se repetía sin cesar: "Siempre es la última vez, siempre es la última vez...."
"El paso de la laguna Estigia" Joachim Patinir
Categoría: cuento
Este no era un burro cualquiera, era un borrico con alcurnia, un jumento con pedigrí si se quiere o por lo menos eso creía él.
Vivió desde pequeño en las caballerizas de una escuela de veterinaria, llevado allí por unos bomberos que lo habíán rescatado de entre los escombros en llamas de lo que parecía haber sido un establo improvisado, en la parte baja del campanario de una antigua iglesia rural. Llegó vivo de milagro, con el pelo chamuscado y resollando como el motor de un tren, quizás porque en sus pulmones había tanto hollín como en la caldera de una locomotora. Como no tenían ningún asno en la escuela, el pollino se vio colmado de cuidados que nigún otro animal había recibido én ese lugar, lo que lo ayudó a sobrevivir, pero también le hizo ganar la envidia de los otros animales que habitaban en el lugar. La dura época de convalecencia y el maltrato posterior al que se vio sometido cuando lo trasladaron junto a los otros animales, antes que amedrentarlo lo hicieron sentirse como un ser especial, con un porvenir designado sólo para aquellos que han de pasar por grandes pruebas para obtener el sitio que les corresponde en el mundo, exclusivo para los de noble abolengo. Cuando a causa de las heridas que le ocasionaban los mordizcos de sus primos caballos y las patadas de las orgullosas reses, sus cuidadores decidieron darle un cobertizo para él solo al lado de los salones donde daban las clases de anatomía; asumió que era el inicio de su destino.
El contacto con los futuros albéitares, que pasaban constantemente al frente de las cercas de su nuevo hogar no le molestó en lo absoluto, por el contrario, las muestras de afecto que estos le profesaban (que pronto se hicieron exageradas), confirmaron sus sospechas: Tenía linaje de aristócrata.
Una tarde cualquiera mientras masticaba cebada, durante el poco tiempo que no pensaba en sí mismo, escuchó a alguien en un grupo de estudiantes que decía: "...procedente del Equus Asinus Somalensis, originario de Egipto y que llegó a España hace más de tres mil años, con gran alzada, armónicos y musculosos; de temperamento calmado y gran resistencia." Sólo podía estar hablando de él, ahora sabía de donde venían sus ancestros, habían sido los asnos de los faraones, todo iba encajando, seguro que la raya oscura que recorría su lomo era un recuerdo de cuando Cleopatra y Nefertiti montaban a pelo sobre sus antepasados.
No importaba que hicieran los otros animales, no lograban la atención que recibía el burrito. Los caballos metían su cabeza de forma voluntaria en los lazos y las vacas se encerraban solas en los bretes, pero ni aún así conseguían la mitad del cuidado que le prodigaban al asno.
Fue así como poco a poco el borrico se coronó a si mismo como rey del lugar y se pavoneaba por su pequeño reino, recibiendo las loas y ofrendas de sus admiradores, con sus pensamientos dedicados a su grandeza y sin prestar mayor atención a lo que ocurría a su alrededor; por lo que no escucho lo que le decía uno de los profesores a su hija mientras lo miraban: "Sabes que los burros tienen muy buena memoria y que por eso Monaguillo recibe tanto cariño? Como de joven vivió debajo de un campanario, aún recuerda las campanadas y rebuzna cada hora, por lo que los estudiantes saben que ha terminado cada clase de anatomía y se lo agradecen cada vez que pueden."
Troncos que resuenan, puños que se agitan, cuerpos cubiertos de pelo, gritos guturales, el temblor en la tierra por la huida de las presas. El corazón agitándose en el pecho, el asalto final de la manada, ocultos tras las rocas y al final la sangre, su calor; machos y hembras desgarrando carne fresca y las crías esperando en los cubiles, voraces, creciendo para hacerse cazadores; así vivieron los abuelos.
Pero llegó el fuego, el regalo de los que encienden las estrellas, empezaron las preguntas.
Comer, procrear, sobrevivir, que mas hay?
Si, esta nueva hambre que se agita en mi cabeza, mil preguntas, no hay respuestas, ¿quiénes somos?, ¿dónde estamos?, ¿qué hay mas allá de las montañas? Ahora compartimos el sabor de la carne con las flamas y algunos aprendieron a hacer crecer las plantas. Ya no nos movemos en invierno, los jóvenes creen que con las llamas se pueden hacer puntas de flecha mas duras que la roca; locos...
Los viejos cantos ya no se escuchan y los dibujos en las grutas, quien los entiende? No duraremos mucho así, ya no soy feliz, extraño los viejos tiempos, todo era mejor entonces.
Mano en negativo Cueva del Castillo
La india yacía bocarriba, cansada de luchar, las fibras de sus musculos hechas pedazos, la mirada perdida en las estrellas y tratando de poner su mente en algún lugar distante. La selva nunca había estado tan silenciosa, como si los animales y el viento se hubieran metido en sus guaridas, cerrando sus ojos para no ver la profanación de uno de los suyos.
Sentía en su cuello la pesada respiración de ese hombre extraño que embestía sobre ella, ese desagradable ser cubierto de pelo, de sudor pegajoso, lenguaje incomprensible y piel pálida. Las piedras del suelo se clavaban en su espalda y parecían ensañarse con los lugares donde los garrotazos habían macerado sus costillas; las marcas de dientes en sus senos palpitaban, sus entrañas desgarradas sangraban mezclándose con la tierra y formaban una greda carmesí de un olor acre que terminó tiñendo todo el aire.
El dolor inicial habia dado paso a un ardor insoportable; sentía como su cara había empezado a hincharse y un hilillo caliente fluía desde su ceja izquierda; las cuerdas que ataban sus muñecas se comían su carne mientras sentía una lengua y un aliento nauseabundos tratando de entrar en su boca, como si buscaran su alma para también corromperla.
Sabía que sus hermanas, sus primas, sus compañeras estaban viviendo el mismo infierno en algún lugar bajo las copas de esos árboles que contemplaban silenciosos el suplicio; con sus ramas extendidas en un abrazo que nunca llegaría; los mismos árboles que habrían de alimentarse de los cuerpos de sus hombres, los que habían respirado por última vez tratando de defenderlas.
Apenas pudo sentir virtiéndose en ella el líquido canalla, su vida la abandonaba. Su respiración se hizo mas fácil cuando el mezquino se levantó; la escupió en los ojos pero aún así pudo ver su forma obesa y torpe caminando hacia el rio, entonando lo que parecía una canción de triunfo y observó cómo se sumergía una y otra vez en las aguas que la habían acariciado desde niña.
Y fue el río el que la dejó morir con una sonrisa, pues mientras el hombre empezó a agitarse en una agonía inaguantable, ella lo vislumbró envuelto en fiebres, revolcándose en su miseria, con su miembro inservible, putrefacto y su vegiga a punto de estallar.
Antes de empezar su viaje para unirse con los suyos en los árboles, sus labios con una risa burlona susurraron: "Candirú, Candirú..."
India en fuga
Imagen tomada de Meucantinhodearte
Su interés por las mariposas nació acompañado de notas musicales. Estaba estudiando medicina, como sus padres habían querido, y para no culparlos de esos 5 días sin sueño memorizando los ya no sabía cuantos ni cuales agujeros de un cráneo con olor a viejo, decidió ir a dormir al único sitio donde pensó que podría estar tranquilo: La sala de música de la universidad.
Pero al llegar allí, entre retratos de Bach y de Beethoven, acompañadas de los bronces, los timbales y las cuerdas de la octava sinfonía de Bruckner, alumbradas por una tenue luz y dentro de cajas de madera con tapas de cristal; pudo ver las alas de cientos de mariposas, de tamaños, formas, colores y diseños con los que la naturaleza parecía haber querido pavonearse de su imaginación.
No durmió y ese sitio se convirtió en escondite habitual, regresó una y otra vez para mirarlas; con Stravinsky aprendió de huevos, de orugas, de crisálidas; acompañado por Dvorak reconoció ojos, antenas, palpos, proboscis; hipnotizado por Brahms admiró sus alas escamosas; los compases de Debussy lo llevaron por clases, órdenes, familias, generos y especies; Sibelius fue su compañero al entender su hábitat, su comportamiento, sus ciclos y Wagner su cómplice para instruirse en las técnicas para atraparlas. Cuando tenía planeado que Musorgsky estuviera a su lado para penetrar los misterios de la taxidermia, encontró la puerta de la sala de música cerrada y con un letrero que decía: "Aquí funcionará la subdirección de asuntos burocráticos".
Decidió entonces aprender a dibujarlas. Y lo hizo en las pocas tardes que tenía libres de profesores, enfermedades y libros. Se colaba en los talleres de pintura de los estudiantes de pintura y entre reproducciones de Van Gogh, Gauguin, Dalí y Matisse, descubrió el arte de afilar lápices, de esparcir grafito sobre un papel, mezcló colores, mojó pinceles, hasta que sin pensarlo dibujaba mariposas que casi parecían vivas.
Entonces empezó a atraparlas, fabricó redes delgadas, casi imvisibles; descubrió que el mango fermentado les agradaba a todas y lo usaba cono cebo; empezó a capturarlas alrededor de su casa, luego alrededor de la ciudad y cuando al fin se graduó de la escuela de medicina buscó trabajar en los sitios mas alejados de su país, donde aún la selva y el hombre vivían en paz. Cuando no estaba curando personas enfermas o asistiendo a la muerte de otras, metía su delgado cuerpo en un ridículo traje de safari, tomaba sus redes, lapices de colores, su cuaderno de dibujo y bolsas con mango fermentado para atraer a su presa. Pasaba horas enteras observando sus detalles antes de liberarlas, su cuaderno estaba lleno colores, comparaba sus trazos con los que encontraba en libros de entomología; cuando no podía salir en el día lo hacía en horas de oscuridad, atraía con luz fría a sus modelos y entonces las hojas de su cuaderno se llenaban de tonos grises y marrones.
Pasaron los años y el poco cabello que le quedaba se hizo blanco, su piel lucía arrugada y curtida por el sol, los cuadernos se apilaban sobre un viejo escritorio y se convirtieron en su pequeño tesoro, vivía para pintar mariposas, el tiempo en el que habría podido ser un buen padre había quedado atrás y aunque ocasionalmente visitaba burdeles, lo hacía sin gastar más tiempo del necesario para deshacerse de los pensamientos que le nublaban la claridad para percibir los colores, esos tonos exactos que debía plasmar en las hojas. Nunca atisbó la posibilidad de compartir más tiempo con una mujer. Hablaba con sus pacientes y si lo hacía con otra persona era porque algo tenía que ver con su afición.
Su sueño se hizo uno: Encontrar una mariposa que no estuviera en ninguno de los libros, de los catálogos, de las colecciones conocidas; perfilar sus formas, componer sus colores; que sus lápices fueran los únicos en narrar su belleza. Los años pasaban y su afugia se hacía mayor; pues cuando sus ojos no tuvieran la agudeza usual, cuando sus manos empezaran a temblar; ya no habría oportunidad de nada. Viajaba buscándola, hacía caso a todo el que le contaba de algún insecto extraordinario en un remoto paraje, encontrando siempre farsas y embustes, hasta que su esperanza casi se agotó.
Una tarde, a la orilla de un gran rio que atravezaba un pueblo en medio de la selva, se le acercó un indígena que había escuchado de su obsesión y le habló de como cuando llegaron los primeros hombres de afuera oyeron a sus ancestros hablar de un animal extraordinario, fuerte, veloz, orgulloso, al que según los traductores llamaban Tigre Mariposa. Los foráneos ya habían visto jaguares y asumieron que a el se referían por lo que no le dieron importancia, pero se equivocaron. No había nada de especial en un jaguar poderoso, feroz, rápido; esa es la naturaleza de los tigres; sus antepasados en realidad hablaban de otro animal en el cual esas propiedades si eran asombrosas, la traducción real de las palabras que representaban el nombre de la fiera era: Mariposa Tigre. Un insecto de gran tamaño, de colores vivos, y con una fortaleza y rapidez mayor que cualquier otro de su clase, aislado del mundo en un pequeño paraje. El lo llevaría hasta ese sitio, pues su abuelo le había revelado el camino, a cambio de algo de dinero. Que gran historia, una fantasía más, otra mentira de un oportunista que buscaba un poco de dinero de un médico viejo y loco.
Al día siguiente se encontraba adentrándose en la selva, maldiciendo su ingenuidad, sentado en una pequeña canoa en la que apenas cabían su guía, su equipo y él, remando por un pequeño caño que se perdía entre la manigua. Fueron días de mosquitos, de dormir bajo la lluvia, de temer en la noche por serpientes, de hormigas en la ropa, vigilando a cada golpe de remo la presencia de anacondas; el tiempo se hacía interminable, hasta que de pronto divisó una conjunto de chozas escondidas entre la jungla.
Al bajar de la diminuta embarcación vio sólo niños que salían a recibirlos, preguntó a su acompañante por los adultos y este le contó com aquellos salían a cazar, a pescar y a cultivar sus chagras, podían demorar semanas en regresar. Según su guía, esa tribu conocía todos los secretos de la selva y era la encargada de protegerla, de conservar su equilibrio; su gente se confundía con los árboles, veían a travez de los ojos de los animales, hacían llover a voluntad y una niebla espesa los cubría cuando estaban en peligro; pocos habían llegado hasta allí y rara vez alguien podía verlos. Ese era el hogar de las mariposas.
Pasaron varios días mientras se fermentaban algunas frutas silvestres para la captura, durante los cuales ni los adultos ni los insectos se dejaron ver. Cuando tuvo todo preparado, tomó las frutas, cargó sus redes y salió de la aldéa entre las risas de los pequeños que murmuraban y le gritaban en su lengua cosas incomprensibles. Una semana después, repitiendo el mismo episodio mañana tras mañana, se habían agotado sus redes. Cada vez que las revisaba las encontraba destrozadas, como si una fiera se hubiera ensañado contra ellas y sin rastro de lo que había venido a buscar. Sospechaba de los niños, sus burlas no podían significar otra cosa, quizás estaban protegiendo a las mariposas pensando en que iba a hacerles daño. Fue a hablar con su guía, el podría ayudarle a fabricar nuevas redes con los mosquiteros de sus hamacas y podría decirle si lo que pensaba de los niños era cierto. Lo único que obtuvo de el fueron risas al contarle como los niños se burlaban porque sabían que nunca atraparía a las tigre, nadie podía hacerlo; quienes destrozaban las mallas eran las mariposas y ellas elegían el momento para mostrarse, no iba a desperdiciar su toldillo haciendo redes que sabía no iban a servir de nada.
Otro engaño, otra nueva decepción; pensaba mientras se dirigía hacia la pequeña maloca donde dormía y por un segundo creyó ver como en la copa de un árbol cercano un gran insecto, agitaba sus grandes alas, haciendo un ruido intenso con ellas, para golpear a una inmensa ave de rapiña que salió volando de entre las hojas como asustada por el diablo. La rabia y la frustración hacen ver cosas extrañas, fue lo último que pensó mientras se dormía luego de preparar todo para iniciar su viaje de regreso.
Los gritos de los niños lo despertaron, se levantó lentamente y al frente de sus ojos entredormidos los vio pasar saltando tras cientos de lo que parecían espectros vestidos con túnicas sucias y raidas. Su guía lo tomó del brazo y le dijo: "ahora verás las mariposas". Lo llevó a la orilla del río, donde había una gran laja y empezó a ver como los supuestos fantasmas se desprendían de sus ropas tejidas con fibras vegetales, dejando al descubierto los cuerpos de los hombres y mujeres de la tribu, y después de apilarlas en un montón retrocedieron cantando y mirando al cielo. Poco más de un minuto después, un ruido ensordecedor y un torbellino llegaron envolvieron cientos de alas doradas, negras y azules que bajaron reflejando el sol de la madrugada, para posarse sobre las túnicas. Allí estaban, moviéndose lentamente, arrulladas por el sonido del agua, desenrrollando sus lenguas para libar la sal del sudor de esos seres encargados de cuidar su selva. "De allí obtienen su fuerza, y con ella cuidan a los niños mientras se encuentran solos", le dijo el hombre que lo había llevado hasta allí. Se quedó observándolas, sin parpadear, por horas, grabando en su memoria hasta el más mínimo detalle, hasta que la última de ellas levantó el vuelo. Los días que tomó el viaje de regreso fueron como el lento despertar de un sueño, el indígena despareció sin cobrar su paga, sin pronunciar palabra y nunca supo porqué lo había llevado hasta el misterioso poblado.
Mientras moría, a los pocos meses de regresar, sonreía al mirar la foto de un jaguar en un libro que decía: "Panthera Onca, el animal mas poderoso de la selva latinoamericana".
Quienes por casualidad encontraron sus cuadernos, olvidados en una repisa de una vieja casa de un pueblo en medio de la jungla, y vieron uno a uno los dibujos de miles de mariposas con sus nombres en la parte inferior, nunca supieron porque en el último sólo quedaba una hoja casi en blanco, sin siquiera un boceto, donde al final se leiá en letras doradas, negras y azules: "Tigre Mariposa".
UNICA ESCENA
Ambiente: Una pequeña habitación oscura, cubierta por grandes piezas de seda roja, una claraboya en la parte superior por donde se ve la luna llena. Se escuchan buhos ululando afuera y una lechuza está posada en uno de los maderos que sostienen el techo. Entre las piezas de seda se dejan entrever grandes estantes de madera con frascos y vasijas conteniendo pelos de murcíelago, patas de alacrán, tela de araña, pétalos de anturio negro, pan de Elfo, azufre, diente de león, miel de rosas, almizcle de alce, semillas de chontaduro, guisado de Troll, rodajas de cactus, saliva de dragón de Komodo, cuerno de Narval, algas del Artico, lodo de un geíser de Islandia, agua del mar muerto, arena de la tierra del fuego, destellos de aurora boreal, aire de la selva amazónica, pepinos de la fosa de las marianas y mil cosas mas. Una banca cubierta por vellocinos, cientos de dibujos y pinturas de una mujer regados por todo el cuarto y en el centro una hoguera que ilúmina el recinto y hace hervir un caldero con un líquido verde y espeso. Un hombre con una túnica negra que lo cubre desde la cabeza revuelve la poción con un grueso madero, mientra se le escucha hablar con voz profunda y misteriosa.
El: "Hocus pocus, abracadabra, por los poderes investidos en mí, por mis antepasados, por Thor, por Zeus, que las Valquirias me den fuerza, por Changó, por Oshun, por Lugh y por Brighid, por Buku y por Bumba, por Chía y por Xue, por la serpiente alada, por Cubwai, que Eolo me lleve en sus brazos, que me acompañe Sidhartta."
El hombre se calla, levanta sus manos hacia el cielo y empieza a hacer signos mágicos con ellas; mientras entra una mujer, en silencio, por la única puerta del cuarto y que queda de espaldas a el. Viene vestida con una pequeña falda de cuero café, botas de tacón alto, una pequeña blusa escotada de color rojo y que permite ver su ombligo, cabello lacio. Lo mira de reojo mientras se sienta en el banco, sin que la vea ni la oiga y se dispone a escuchar
El: (levanta su voz y grita) "QUE NO SE SEPARE DE MI! QUE PERMANEZCA A MI LADO!" (y continúa con voz profunda y misteriosa) "Por las 4 fuerzas de la naturaleza, por los 4 elementos, por los 4 humores; que al beber esta poción mi sangre se llene de la energia para retenerla."
El hombre toma un cucharón de madera y lo introduce en el caldero; lo saca lleno de un líquido verde y pegajoso, humeante y se lo lleva a la boca bebiéndolo con fruición. La mujer se acomoda en la silla, haciéndo ruido a propósito. El hombre se voltea sorprendido.
Ella: (con voz dulce y pícara) "Tontito, con una sonrisa hubiera bastado." (le da palmadas al vellocino en la silla, al lado de ella, indicándole que se siente ahí mientras sigue hablando y le sonrie maliciosamente) "Ah, y ni creas que te voy a besar luego de que te tomaste esa porquería."
El hombre camina lentamente hacia ella, con los brazos caidos a los lados mientras ella se rie y le extiende los brazos.
FIN DE LA ESCENA

























